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lunes, 5 de abril de 2010

Los perros de la guerra.


05-04-2010 / “Estamos en guerra con el Gobierno y nosotros somos soldados”, fue la frase que disparó Ricardo Kirschbaum, editor general de Clarín, a los jefes del diario. Una síntesis del sentimiento que reina en la cúpula del Grupo.


Por Marcos Cittadini




Nuevo cambio de táctica: a lo largo de la última semana los directivos del Grupo Clarín volvieron a elegir a la inseguridad para golpear al Gobierno, luego de apostar a la deficiente oposición parlamentaria y tras agotar editorialmente el tema inflación. Miradas al sur obtuvo detalles de la maniobra para instalar el miedo en la opinión pública y la disciplina en la tropa del multimedios. Los primeros en recibir la nueva orden fueron los especialistas de policiales de TN: “Hay que salir a la calle a cubrir todo, incluso los ajustes de cuentas”.

Hasta hace poco la crónica criminal había sido reemplazada y hasta sepultada por las horas destinadas a las desventuras del rejunte opositor en el Congreso. Y la gota que rebalsó el vaso fue la paliza intelectual e ideológica que el ministro de Economía, Amado Boudou, le dio a Gerardo Morales en su visita al Senado; todo televisado en vivo por la impotente pantalla del canal de cable.

Luego de una reunión de Carlos D´Elía, gerente de Noticias del Trece, con los jefes informativos, se desarrolló la siempre eficaz estrategia. El éxito de las notas sobre los dos fusilados en una salidera de un banco el lunes había recordado la pauta de cómo provocar impacto.

Un productor de experiencia consultado por Miradas al sur explicó la lógica de la decisión: “los policiales tienen un doble beneficio: le pegan al Gobierno y generan mucho rating”

Al mismo tiempo una directiva idéntica se impartía en la sección Sociedad, el corazón mismo de la redacción de Clarín. Sucedió después de que el fin de semana pasado en un importante encuentro con editores convocado por los jefes Ricardo Kirschbaum y Julio Blanck se explicitó lo que ya todos saben: “El diario está en una guerra contra el Gobierno, nosotros somos soldados y tenemos que ir para adelante”. Sólo un par de colegas se atrevieron a aclarar que ésta –la que plantea Clarín– no es su guerra.

La historia se repite como farsa. Rápidos y certeros, los móviles de Artear salieron a barrer el conurbano en busca de violencia y lo hicieron con dos historias como columna vertebral. La del ahora dudoso intento de robo a Nicole Neumann y el asesinato de un policía de la bonaerense en González Catán, Marcelino Monzón. No es la primera vez que se despliega un operativo como éste. Hubo otro idéntico en febrero de 2009 cuando, a la aplastante cobertura de la muerte del teniente Aldo Garrido en San Isidro, se le sumó una campaña de declaraciones de los personajes más famosos de la Argentina con el liderazgo de Susana Giménez. La frase “Terminen con los derechos humanos y esas estupideces. El que mata tiene que morir”, todavía provoca escalofríos.

La bella Nicole asumió el reemplazo de la diva y dijo que pensaba en irse del país porque “aquí no se puede vivir”. Después se vio envuelta en una polémica que puso muchas dudas a su versión y se parece a un papelón. Los organizadores del desfile al que faltó la acusaron de mentir. El dato de un contrato firmado por el que la modelo debe pagar ocho mil pesos en caso de incumplir con el evento es difícil de obviar.


La guerra en casa. A pesar de esto, a esa altura todas las huestes informativas del grupo estaban lanzadas. Los productores fueron instados a reflotar como “último momento” actualizaciones de crímenes sucedidos hace más de quince días. En la noche del jueves, Sergio Lapegüe sentenció que “hay que hablar de estos temas para que la gente pueda caminar con absoluta libertad por las calles”. No contento con esto y presagiando la batalla que vendría al otro día, una nueva frase cerró el contacto desde el velorio del efectivo de la bonaerense: “Es una deuda pendiente la que hay con el tema de los robos y los asesinatos. Ya no les alcanza con robar…tienen que matar”.

El viernes por la mañana, la cobertura tuvo ritmo de combate. Un móvil transmitía en vivo cada detalle del velatorio de Monzón, otro explicaba las alternativas del pretendido ataque a la modelo y un tercero cubría el crimen pasional de un chico de 15 años en Glew. Mientras tanto Marcelo Bonelli entrevistaba en Canal 13 a la madre de una adolescente golpeada por sus compañeras en Berazategui y aseguraba que “estos hechos ocurren cada vez más a menudo”. Como remate, Chiche Gelblung dedicó la apertura de su programa en Radio Mitre a todos los casos policiales con la sentencia “el sistema jurídico argentino está a favor de los chorros.”

En este sentido, el Mitre Informa Primero de las 10 fue contundente. Conviene detenerse en sus títulos porque van más allá de las directivas impartidas en diciembre desde la Gerencia de Contenidos Periodísticos, a cargo de Jorge Porta. En aquella oportunidad la orden fue que las dos primeras noticias de los boletines tenían que ser contra el Gobierno de Cristina Kirchner. En el boletín mencionado todos los encabezados se referían a la inseguridad. De hecho, primero fue “Inseguridad sin límites” y relataba el traslado de los restos del agente al cementerio. El segundo, el caso de Glew. En el tercero el locutor anunciaba “más inseguridad” en referencia a un hurto sufrido por Betty Elizalde. Terminaron con “Asaltaron un country en Pilar”. Todo eso en dos minutos y medio asfixiantes.


Memorias del subsuelo. La hipótesis del rating puede explicar sólo una parte de la decisión de avanzar sobre las historias delictivas. Las transmisiones de los debates en la Cámara alta alrededor de las nuevas comisiones y los decretos de necesidad y urgencia generaron muy poca audiencia y sin embargo tuvieron enorme difusión. Por otro lado, un coordinador recuerda una anécdota que sirve para graficar el uso político de la difusión (o no) de ciertos hechos. Un día del año 2003, luego de que el entonces presidente Eduardo Duhalde favoreciera la licuación de deuda del Grupo a partir de su pesificación, a un productor se le ocurrió que siete atracos en el microcentro en cuatro horas podía considerarse una “ola de inseguridad” y tituló en consecuencia. En ese momento, los policiales generaban tanto rating como ahora. Sin embargo, a los pocos minutos recibió un llamado de Ricardo Pipino, gerente General de TN en aquel momento, pidiéndole que cambie el título. Obediente como todos los que quieren sobrevivir en el grupo, hizo caso y cambió el texto: “Siete robos en Microcentro”. Con un segundo llamado, sin dar explicaciones, Pipino eliminó la noticia de la tira que se difunde cada media hora.

Eran otros tiempos y los colegas del Grupo entienden eso. Sobre todo los que escucharon –en medio de la disputa por la Ley de Servicios Audiovisuales– a una de las más importantes conductoras de canal 13 gritar en el pasillo principal del noticiero “La única solución con estos es voltearlos”. Una forma de disciplinar a la tropa para que todo el mundo entienda cuál es la causa común.

La derecha mediática con nueva agenda


Ola de robos truchos y añoranzas de los ´90

04-04-2010 / Los asaltos “increíbles” de Nicole Neumann y el country “Ayres de Pilar” que fueron fogoneados por TN el Viernes santo con música de réquiem. Cómo Noticias remixó una vieja oleada por robos a countries y asegura que se duplicaron las consultas psicológicas. La decepción del Grupo Clarín con los opositores en el Congreso.

Por Daniel Olivera

Una mo­de­lo ru­bia que re­la­ta por TN con una mez­cla de len­gua­je gla­mo­ro­so e his­té­ri­co– no de­nun­cia en una co­mi­sa­ría- un in­ten­to de ro­bo en Quil­mes tan in­ve­ro­sí­mil que no re­sis­te ni la “má­qui­na de la men­ti­ra” de Chi­che Gel­blumg, Una es­pec­ta­cu­lar de­nun­cia de ro­bo en el country “Ay­res de Pi­lar” que ter­mi­na en un bluff por­que los due­ños de la ca­sa en cues­tión no pue­den ra­ti­fi­car la de­nun­cia – los 30 mil pe­sos se ha­brían es­fu­ma­do por otro cir­cui­to - sin pa­sar un pa­pe­lón co­mo el de Ni­co­le Neu­mann Y una más de las cien­tos de ba­ta­llas cam­pa­les de to­dos los fi­nes de se­ma­na se su­ce­den a la sa­li­da de un bo­li­che en el Co­nur­ba­no, só­lo que es­ta vez el chi­co acu­chi­lla­do ter­mi­nó muer­to.
Con ese com­bo que mez­cla en do­sis más o me­nos si­mi­la­res a per­so­na­jes fa­mo­sos, ba­rrios ce­rra­dos con ha­bi­tan­tes con al­to po­der ad­qui­si­ti­vo, y vio­len­cia ju­ve­nil ca­lle­je­ra, el bra­zo me­diá­ti­co de la de­re­cha in­ten­tó re-cons­truir la ima­gen de una Se­ma­na San­ta trá­gi­ca, don­de flu­ye­ra el caos, la vio­len­cia y des­con­trol. Una die­ta te­le­vi­si­va que pu­die­ra ser re­pe­ti­da co­mo un man­tra ca­da una ho­ra, con ti­tu­la­res alar­mis­tas y mú­si­ca de ré­quiem de fon­do.
En un vier­nes san­to sin dia­rios, la es­tra­te­gia de la in­se­gu­ri­dad vol­vió a la agen­da set­ting con la mis­ma vi­ru­len­cia que en fe­bre­ro y en no­viem­bre de 2009. So­lo que aque­llas dos opor­tu­ni­da­des, las olea­das de vio­len­cia tu­vie­ron co­mo ba­se de sus­ten­ta­ción he­chos rea­les y con­cre­tos.
* En fe­bre­ro del año pa­sa­do, el fu­si­la­mien­to del po­li­cía Al­do Ga­rri­do en San Isi­dro, que por su bru­ta­li­dad y por el arrai­go que te­nía Ga­rri­do en la co­mu­ni­dad, ge­ne­ró una in­ten­sa reac­ción po­pu­lar que ex­ce­dió a la zo­na nor­te del Gran Bue­nos Ai­res, pa­ra tras­for­mar­se en un au­tén­ti­co lea­ding ca­se a ni­vel na­cio­nal. Al­do Ro­ber­to Ga­rri­do te­nía 61 años y ha­cía vein­te años que pres­ta­ba ser­vi­cio.
∑ La trá­gi­ca no­che que vi­vió la fa­mi­lia Lan­do­li­na (era per­so­nal train­ner de Gui­ller­mo Cóp­po­la) en Lo­mas del Mi­ra­dor, La Ma­tan­za, que ter­mi­nó con Her­nán, el je­fe de la fa­mi­lia, acri­bi­lla­do a ba­la­zos en la puer­ta de su ca­sa an­te la mi­ra­da de su mu­jer y sus hi­jos.
∑ Y el con­fu­so ase­si­na­to de Gus­ta­vo “Da­mián” Lan­za­vec­chia, flo­ris­ta de Su­sa­na Gi­mé­nez. Que arran­có co­mo un ro­bo vio­len­to y ter­mi­nó co­mo la de­ri­va­ción de una po­ten­cial fies­ta se­xual se­gui­da de ro­bo y el cri­men. A me­di­da que fue­ron pa­san­do las ho­ras y avan­zó la in­ves­ti­ga­ción po­li­cial, se co­no­ció que el co­la­bo­ra­dor de Su­sa­na re­ci­bió a un gru­po de tres co­no­ci­dos, y a un cuar­to que era po­li­cía de la Bo­nae­ren­se, y que Lan­za­vec­chia aguar­da­ba a “otro” ami­go. En ese mo­men­to, la si­tua­ción se ha­bría ten­sa­do a tal pun­to de que uno de ellos ha­bría "en­lo­que­ci­do", to­ma­do un cu­chi­llo de la co­ci­na y apu­ña­la­do con él al ofi­cial al mo­men­to de in­gre­sar y des­pués ma­tar a Lan­za­vec­chia.
Pe­se a que el ca­so fue re­suel­to por la DDI de La Ma­tan­za y dos de los ase­si­nos de Lan­za­vec­chia que­da­ron pre­sos, el ca­so sir­vió pa­ra fo­go­near una mar­cha con­tra la in­se­gu­ri­dad en Pla­za de Ma­yo ba­jo la con­vo­ca­to­ria de Su­sa­na Gi­mé­nez y la or­ga­ni­za­ción de Cos­tan­za Gu­gliel­mi, “la nue­va Blum­berg”. La de­re­cha me­diá­ti­ca apro­ve­chó pa­ra edi­tar los tres ca­sos co­mo si se tra­ta­ra de una es­pi­ral de vio­len­cia de­sa­ta­da sin con­trol. Y así fo­go­nea­ron pa­ra ins­ta­lar un es­ce­na­rio que re­tro­tra­je­ra a la me­mo­ria co­lec­ti­va a los tiem­pos en que apa­re­ció en es­ce­na Blum­berg.
Y aun­que la mar­cha re­sul­tó un fra­ca­so en tér­mi­nos de con­vo­ca­to­ria ya que el 18 de mar­zo de 2009 no pu­die­ron reu­nir ni diez mil asis­ten­tes, hi­zo su pre­sen­ta­ción lo que fue una es­tre­lla fu­gaz de la ma­no du­ra: Cons­tan­za Gu­gliel­mi, una mu­jer que se pre­sen­tó co­mo una ciu­da­da­na más pe­ro tie­ne flui­dos vín­cu­los con la po­lí­ti­ca. A sa­ber: Gu­gliel­mi tu­vo su pri­me­ra apa­ri­ción pú­bli­ca tras el ase­si­na­to de su her­ma­na Ma­ría Pía, en ju­nio de 2006, en Pa­ler­mo. Un cri­men que aún no fue es­cla­re­ci­do. Pe­ro la “nue­va Blum­berg” tie­ne una his­to­ria po­lí­ti­ca pre­via den­tro del pe­ro­nis­mo. Fue se­cre­ta­ria del se­na­dor san­ta­fe­si­no Car­los Reu­te­mann y lue­go se su­mó a las hues­tes de Al­ber­to Ro­drí­guez Saá. En su agen­da abun­dan los nú­me­ros de va­rios di­ri­gen­tes del pe­jo­tis­mo an­ti-K, en­tre los que se des­ta­ca el em­pre­sa­rio y di­pu­ta­do Fran­cis­co de Nar­váez, quien hi­zo fo­co en la in­se­gu­ri­dad co­mo eje de su per­ma­nen­te cam­pa­ña elec­to­ral.
La con­vo­ca­to­ria es­tu­vo res­pal­da­da por va­rios per­so­na­jes de la fa­rán­du­la (Ni­to Ar­ta­za, Fa­cha Mar­tel, Ca­ro­li­na “La Cho­la” Bal­di­ni, Lau­ren­cio Adot, Ana­má Fe­rrei­ra, y Ana Ma­ría Giun­ta), y el ra­bi­no Ser­gio Berg­man, siem­pre cer­ca­no al me­ne­mis­ta Al­ber­to Ko­han En­tre la re­per­cu­sión de es­tos ca­sos en los me­dios y la fuer­te cam­pa­ña a tra­vés de In­ter­net y del Gru­po Cla­rín pa­ra in­vi­tar al ac­to, la ex­pec­ta­ti­va de la ma­ni­fes­ta­ción fue al­ta. El re­sul­ta­do no. Una pla­za se­mi­va­cía sor­pren­dió a los or­ga­ni­za­do­res.
Pa­ra ese en­ton­ces, Gu­gliel­mi ya ha­bía su­cum­bi­do al ar­chi­vo, don­de se pu­do pre­ci­sar que su pa­dre, Ale­jan­dro, ha­bía si­do de­nun­cia­do por ser par­te del cen­tro de de­ten­ción y re­pre­sión “El Cam­pi­to” en Cam­po de Ma­yo. La po­bre con­vo­ca­to­ria (muy le­ja­na a las as­pi­ra­cio­nes los 60 mil con­cu­rren­tes al ac­to de Blum­berg an­tes de que ca­ye­ra en des­gra­cia) y el fra­ca­so tác­ti­co de ape­lar a per­so­na­jes fa­mo­sos, hi­zo que el te­ma in­se­gu­ri­dad fue­ra pues­to en el free­zer de la agen­da set­ting.
La in­se­gu­ri­dad re­cién vol­vió al cen­tro de la es­ce­na en la pri­me­ra se­ma­na de no­viem­bre, cuan­do arran­có una sor­pren­den­te se­gui­di­lla de ase­si­na­tos a per­so­nas muy apre­cia­dos por sus ve­ci­nos: La pri­me­ra fue Ma­ria Ele­na de Cé­sa­ris, em­ba­ra­za­da de seis me­ses de ge­me­los, que fue ata­ca­da a “pun­ta­zos” en el cue­llo en la puer­ta de su ca­sa de cla­se me­dia en Vi­lla Ba­lles­ter y fa­lle­ció ca­mi­no al hos­pi­tal.
En la mis­ma se­ma­na le si­guió el im­pac­tan­te ca­so de San­tia­go Ur­ba­ni, quien es­ta­cio­nó su Chev­ro­let Cor­sa en la ca­sa de un ve­ci­no a las tres y me­dia de la ma­ña­na y, en Li­niers al 1900 de Ti­gre. Cuan­do se ba­jó del au­to, fue sor­pren­di­do por, al me­nos, cin­co de­lin­cuen­tes. El chi­co en­tró agi­ta­do en la pie­za don­de dor­mía Ju­lia, su ma­má, la des­per­tó y le pi­dió de­ses­pe­ra­do: “Da­les to­do que es un ro­bo”. Ella obe­de­ció. Les dio la no­te­book, sus al­ha­jas y di­ne­ro. Pen­só que con eso se irían. Pe­ro se equi­vo­có. A San­tia­go lo fu­si­la­ron de un ti­ro en la ca­be­za con una es­co­pe­ta ca­li­bre 21.
El re­ma­te lle­gó dos días des­pués, cuan­do Re­na­ta Tos­ca­no una ar­qui­tec­ta y pro­fe­so­ra de ca­te­que­sis fue ase­si­na­da con un dis­pa­ro en la ca­ra por de­lin­cuen­tes que in­ten­ta­ron ro­bar­le el au­to en la lo­ca­li­dad bo­nae­ren­se de Wil­de, par­ti­do de Ave­lla­ne­da. La reac­ción po­pu­lar fue tan fuen­te, que por unas ho­ras el eje me­diá­ti­co que con­for­man TN-Cla­rín-La Na­ción, avan­za­ron con su me­ta­men­sa­je pre­di­lec­to: la de­mo­cra­cia es in­ca­paz de de­te­ner la ola de vio­len­cia. Otra vez la edi­ción, com­pac­ta­mien­to y re­pe­ti­ción cons­tan­te de los tres he­chos en una "ce­de­na na­cio­nal" pa­ra­le­la re­sul­tó efi­caz pa­ra sen­si­bi­li­zar a la opi­nión pú­bli­ca. Tan­to que el go­ber­na­dor Scio­li sin­tió co­mo nun­ca la pre­sión pa­ra que pu­sie­ra fin a la ges­tión de su mi­nis­tro de Se­gu­ri­dad, Car­los Stor­ne­lli. Scio­li re­sis­tió, sa­bien­do que en­tre­gar a su mi­nis­tro sig­ni­fi­ca­ría ava­lar la es­ca­la­da de vio­len­cia con­tra re­fe­ren­tes so­cia­les de ba­rrios po­pu­lo­sos del Co­nur­ba­no bo­nae­ren­se. ¿Cuál es la ex­pli­ca­ción pa­ra que ma­ten, sin ra­zón apa­ren­te, a “gen­te bue­na”? se pre­gun­ta­ron en los des­pa­chos de la Go­ber­na­ción, pa­ra in­me­dia­ta­men­te pa­sar a otra pre­gun­ta: ¿quién pue­de es­tar de­trás de es­tos he­chos en apa­rien­cia sin co­ne­xión?
Las pre­gun­tas nun­ca tu­vie­ron res­pues­tas. Y si las tu­vie­ron nun­ca se hi­cie­ron pú­bli­cas. Só­lo el fra­gor de una nue­va es­tra­te­gia me­diá­ti­ca que pu­so en mar­cha en el ve­ra­no, sa­có de cir­cu­la­ción por una tem­po­ra­da al te­ma de la in­se­gu­ri­dad.
Pe­ro la su­ce­sión de fra­ca­sos que acu­mu­ló la opo­si­ción par­la­men­ta­ria en los úl­ti­mos me­ses (in­su­bor­di­na­ción y atrin­che­ra­mien­to de Mar­tín Re­dra­do en el Ban­co Cen­tral, in­ten­to de vol­tear la es­tra­te­gia ofi­cial de can­je de deu­da, es­tra­te­gia sis­te­má­ti­ca pa­ra vol­tear los DNU pre­si­den­cia­les pa­ra uti­li­zar par­te de las re­ser­vas pa­ra el pa­go de la deu­da ex­ter­na, etc) ter­mi­na­ron por con­ven­cer a la de­re­cha me­diá­ti­ca que aque­llas reu­nio­nes de fi­na­les de 2009 en las ofi­ci­nas de Héc­tor Mag­net­to con Ju­lio Co­bos -a so­las-; con Fe­li­pe So­lá, Car­los Reu­tem­man, Das Ne­ves, Luis Juez, ope­ra­do­res ca­li­fi­ca­dos del ma­cris­mo co­mo Es­te­ban Bull­rich o San­ti­lli, y en al­gu­nas oca­sio­nes Fran­cis­co de Nar­váez, no tu­vie­ron los fru­tos es­pe­ra­dos. Las pe­leas de car­tel de Ca­rrió con­tra Co­bos, de Co­bos con­tra Al­fon­sín (jr), de So­lá con­tra Reu­tem­man y las sos­pe­chas per­ma­nen­tes de to­dos con­tra el po­der del apa­ra­to de in­te­li­gen­cia que ope­ran el sin­di­ca­lis­ta Luis Ba­rrio­nue­vo, y el ex SI­DE Mi­guel An­gel To­ma, sem­bra­ron un am­bien­te de con­fron­ta­ción per­ma­nen­te. Una ima­gen de dis­per­sión opo­si­to­ra.
Eso, si­ma­do al re­pun­te en las en­cues­ta y en la opi­nión pú­bli­ca del ofi­cia­lis­mo, ago­ta­ron la pa­cien­cia y la cre­di­bi­li­dad de la de­re­cha me­diá­ti­ca en “la opo­si­ción ins­ti­tu­cio­nal”. An­te la ne­ce­si­dad im­pe­rio­sa de es­ca­par ha­cia ade­lan­te y pro­vo­car fi­su­ras en el ofi­cia­lis­mo, el re­fle­jo in­me­dia­to fue ape­lar a la vie­ja pe­ro no por eso po­co efec­ti­va fór­mu­la de agi­tar a la opi­nión pú­bli­ca con “La in­se­gu­ri­dad”.
Así, mien­tras TN, Cla­rín y La Na­ción ape­la­ban a gol­pes de efec­to co­mo los fal­sos ro­bos a Ni­co­le Neum­man y al country “Ay­res de Pi­lar”, re­vis­ta No­ti­cias ex­tra­jo del free­zer una ola de ro­bo a coun­tries de más de un mes de an­ti­güe­dad, pa­ra ar­mar una ta­pa di­ri­gi­da al co­ra­zón de la cla­se me­dia al­ta: la in­se­gu­ri­dad en los ba­rrios ce­rra­dos y el fin de la era de bie­nes­tar que a su jui­cio sig­ni­fi­ca­ron los No­ven­ta. Sin fuen­tes ve­ri­fi­ca­bles, No­ti­cias sos­tie­ne que en mar­zo pa­sa­do un ro­bo ca­da cua­tro días en coun­tries y ba­rrios pri­va­dos o que ca­si 40 mil vi­gi­la­do­tes pri­va­dos no al­can­zan pa­ra cus­to­diar ca­sas y bie­nes. Con más im­pre­ci­sión aún, la re­vis­ta in­sig­nia de Jor­ge Fon­te­vec­chia ase­su­ra que en los úl­ti­mos cin­co años se du­pli­ca­ron las con­sul­tas ¿en los ba­rrios ce­rra­dos? Por tras­tor­nos de an­sie­dad y es­trés.
Pa­ra que no que­den du­das de la in­ten­cio­na­li­dad ideo­ló­gi­ca de la no­ta de ta­pa de Se­ma­na San­ta, No­ti­cias se des­pa­cha con un pá­rra­fo de an­to­lo­gía.
“En la dé­ca­da del '90, los ba­rrios pri­va­dos se con­vir­tie­ron en un re­fu­gio pa­ra las per­so­nas que bus­ca­ban tran­qui­li­dad y una me­jor ca­li­dad de vi­da, a sal­vo del rui­do y de los pe­li­gros de la ciu­dad. Con un to­que de sta­tus, era cam­biar el ce­men­to de la ciu­dad por es­pa­cios ver­des. Vi­vir en un mun­do idí­li­co pa­re­cía po­si­ble: un am­bien­te pa­cí­fi­co y na­tu­ral don­de ni si­quie­ra la rea­li­dad que se vi­vía afue­ra po­día ame­na­zar o vul­ne­rar. Los ni­ños cre­cían res­pi­ran­do ai­re pu­ro y po­dían co­rrer li­bre­men­te por las ca­lles in­ter­nas. La ame­na­za y el pe­li­gro es­ta­ban del otro la­do del cer­co. Has­ta la dis­tan­cia que ha­bía con la ciu­dad no era un pro­ble­ma: los ac­ce­sos –al­gu­nos de ellos, co­mo la Pa­na­me­ri­ca­na, re­cien­te­men­te en­san­cha­dos– da­ban la po­si­bi­li­dad de lle­gar sin de­mo­ras, bo­ci­na­zos ni apu­ros. El es­trés pro­me­tía ser par­te del pa­sa­do. Só­lo era cues­tión de lle­gar a vi­vir a la bur­bu­ja country”

miércoles, 27 de enero de 2010

Un ignorante peligroso.

El ex senador Eduardo Duhalde confirmó que su proyecto es incluir a las Fuerzas Armadas en las tareas de seguridad que les están vedadas por las leyes de defensa nacional y de seguridad interior, expresión del máximo nivel de consenso alcanzado por las principales fuerzas políticas argentinas en torno de una política de Estado.
En diciembre sostuvo que los jóvenes eran peligrosos y debían ser reeducados, para lo cual podían usarse las instalaciones castrenses donde antes estaban los soldados conscriptos. Este mes, desde El Salvador, agregó que el gobierno nacional humillaba a las Fuerzas Armadas por lo que el Ejército hizo en la década de 1970 y sostuvo que en lugar de ese grave error el camino era la reconciliación. Ayer, a raíz de la repercusión de sus palabras, que fueron repudiadas por los organismos defensores de los derechos humanos y por sectores castrenses como el Centro de Militares para la Democracia, CEMIDA, dijo que no quiso proponer la interrupción de los juicios por los crímenes de entonces, pero no pudo explicar a qué reconciliación se refería. Es imposible olvidar que desde el Poder Ejecutivo indultó a instigadores de la Triple A vinculados con su entorno íntimo y al jefe de la última rebelión carapintada y que la oposición de Kirchner obstaculizó su proyecto de confirmar la constitucionalidad de las leyes de punto final y obediencia debida.
En ese punto se trata de una retractación implícita, porque Duhalde no se bancó la polémica pública sobre el tema. También en 2002 reculó porque no se hizo cargo de las consecuencias de su política represiva, cuando la mejor maldita policía del mundo entendió el mensaje oficial y asesinó a Kosteki y Santillán en Avellaneda.
En cambio insistió con la idea de embarcar a las Fuerzas Armadas en la denominada lucha contra el delito y puso como ejemplo a Colombia y México. La inseguridad en general y las drogas en particular son el gran pretexto para la remilitarización de las sociedades latinoamericanas y no hay país donde esa estrategia haya tenido éxito. Por el contrario, desde que la idea de la guerra a las drogas fue instalada en Estados Unidos, enormes recursos se dilapidan en ese barril sin fondo con el único resultado de que cada año el problema es más grave, la violencia más terrible y el negocio mayor, como puede apreciarse ahora en México. Desde que concluyó la guerra fría con el colapso del bloque comunista, el narcotráfico es el gran pretexto para aumentar presupuestos militares y la fabricación y venta de armas, según de qué lado de la frontera se trate, y para que Estados Unidos ejerza su control.
México y Colombia son los países en los que la injerencia de los Estados Unidos es más grande, y siempre en aumento. Esto se refleja también en un desplazamiento de las dirigencias políticas estadounidenses por el componente militar. El Comando Sur tiene más personal y presupuesto dedicado a América Latina que el resto de los ministerios, secretarías y organismos gubernativos de Washington sumados. El establecimiento de bases en Colombia, que los países vecinos perciben como una amenaza, el golpe blanco en Honduras, la ocupación militar de Haití donde lo que se necesitan son socorristas, señalan la tendencia de un círculo vicioso que se retroalimenta.
Por último, lejos de humillar a las Fuerzas Armadas, la política de memoria, verdad y justicia es la única de las intentadas desde 1983 que les devuelve su dignidad y su respeto, porque es la primera que no coloca bajo sospecha al conjunto del estamento militar. Hubo criminales que deben ser castigados y hay nuevas generaciones que no tienen por qué cargar con esa mochila. Su rol en una democracia no puede ser el de policía, para el que los militares no están capacitados y cuando lo ejercen producen desastres. Hasta la defensa de los procesados en 1985 lo dijo en sus alegatos. La verdadera humillación es rebajar la profesión militar al nivel de una Gendarmería antinarcóticos o una policía barrial. La propuesta de Duhalde ya se está aplicando en Centroamérica, con resultados desoladores.
Si Duhalde sabe que su proyecto es inviable, al enunciarlo incurre en un acto de oportunismo político, explotando con fines electorales la ansiedad de muchos sectores de la sociedad por los hechos de violencia que una televisión sensacionalista magnifica más allá de toda proporción. Si por el contrario cree lo que dice, es un ignorante peligroso y si tuviera algún poder podría precipitar al país a una crisis de consecuencias impredecibles.